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¿Quién disputa la masculinidad en tiempos de ajuste?

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El desmantelamiento de políticas públicas y eliminación de programas clave, los ingresos que no alcanzan, los recortes y la represión a jubilados, junto al ajuste en salud, discapacidad y en educación impactan directamente en quienes cuidan y en quienes necesitan cuidados.
En este contexto, presentamos el último informe de Ecofeminita junto a Oxfam El cuidado nos une: de la carga individual al derecho colectivo que está centrado en masculinidades, cuidados y vínculos con los feminismos. Entendemos que este trabajo no busca solamente compartir evidencia, sino también intervenir en un momento en que el Estado se retira, las condiciones materiales se precarizan y las desigualdades de género se profundizan.
El informe hace foco en algo que la coyuntura de ajuste vuelve todavía más evidente: los varones están atravesados por una crisis silenciosa, donde el mandato de proveedor se pone en jaque, es un ideal que ya no cierra en la realidad económica del presente. Pero al mismo tiempo, no termina de emerger una narrativa alternativa que les permita repensar sus roles por fuera de ese molde. En ese vacío crecen dos fuerzas:
La pregunta que nos venimos haciendo desde hace un tiempo es: ¿quién(es) va a disputar el sentido de la masculinidad en tiempos de precarización y ajuste?
El ideal del “hombre proveedor” nunca fue una experiencia universal. Fue, más bien, un mandato construido desde y para ciertos sectores medios y acomodados, que se difundió como norma cultural aún cuando los hogares más pobres también dependían del ingreso de las mujeres para sobrevivir. Esa ficción normativa convivió siempre con la realidad de trabajos informales, changas, múltiples empleos y redes comunitarias que sostuvieron la reproducción social. Pero aunque no fuera una práctica universal, sí se instaló como horizonte deseado para los hombres, y como expectativa para medir su “valor” en la familia y en la sociedad.
Lo que muestra el informe es que ese ideal, además de desigual, se vuelve hoy directamente imposible. No porque “los varones hayan perdido poder”, como repite la reacción antifeminista, sino porque las condiciones materiales necesarias para sostener ese mandato no existen en un contexto de caída del salario real, profundización de la informalidad, precarización laboral, y reducción de derechos laborales. A su vez, mientras las mujeres se incorporaron masivamente al mercado laboral en las últimas décadas, los hombres no ingresaron en igual medida a los cuidados, y las políticas vigentes no interpelan esa responsabilidad.
Como sintetiza uno de los testimonios relevados en el estudio: “Creo que el padre ya no es el único sostén económico de la familia, aunque no por otra razón sino por la imposibilidad de satisfacer las necesidades materiales con un solo sueldo. Aparte de eso, considero que el rol de padre se mantiene en varios aspectos.”
Este reconocimiento de que el rol de proveedor ya no existe porque la economía no lo permite convive con una desresponsabilización estructural del cuidado a nivel regional, que también queda evidenciada en los datos sobre licencias parentales tomadas por los padres.
El relevamiento muestra que más de la mitad de los varones encuestados tomó entre uno y cinco días de licencia, mientras que casi el 10% no tuvo ningún día.
En toda América Latina y el Caribe, las licencias son breves y reproducen un modelo donde los varones siguen siendo actores “secundarios” o ausentes en el cuidado.
Lo más revelador aparece cuando se conecta este dato con la percepción que tienen ellos mismos sobre las licencias; casi el 88% de los varones está insatisfecho. Por lo tanto, el deseo de tener licencias más extensas y de participar en el cuidado de sus hijos está, lo que no aparece es la demanda colectiva. Es decir, a pesar del alto nivel de insatisfacción, la inmensa mayoría no reclama ampliación de derechos, ni licencias coparentales, ni condiciones laborales que habiliten a cuidar.
Si bien los datos sobre licencias y paternidades muestran un deseo creciente de involucramiento, el informe revela que ese deseo convive con un conjunto de mandatos de género que pesan y persisten mucho más allá de las propias motivaciones. Cuando se les preguntó qué creían que otros varones valoraban en ellos, las respuestas se centraron en atributos ligados a la autosuficiencia y la resolución material: independencia, capacidad de tomar decisiones, fuerza física, destreza manual y potencia sexual.
En contraste, al reflexionar sobre qué creían que las mujeres valoraban en ellos, ganaron protagonismo la comunicación emocional, la escucha, el sentido del humor, y la disposición al cuidado y a la realización de tareas domésticas. Esa doble vara produce una tensión que estructura silenciosamente el comportamiento: muchos varones quieren cuidar más, pero siguen sintiendo que su reconocimiento entre pares depende de no hacerlo. El mandato pesa más que el deseo. Para ilustrar esto, el análisis de frecuencia del informe muestra que las palabras que más se repiten cuando los varones responden qué debería fomentar la sociedad son empatía, emociones, sensibilidad, solidaridad, comunicación, cuidado y respeto. Es decir, un horizonte mucho más vinculado a lo afectivo y relacional que lo que creen que otros varones efectivamente valoran, donde siguen predominando la autosuficiencia, la fortaleza y la capacidad de “resolver sin pedir ayuda”.
En este vacío, entre deseos de cambio y mandatos tradicionales que no ceden, aparece la machósfera, ese ecosistema de criptobros, gurúes de “alto valor”, machos alfa y discursos individualistas que hoy se expanden en las redes sociales. Lo central es el monopolio narrativo que tienen porque hoy son los únicos que proponen mandatos explícitos de masculinidad. Y en Argentina, esta narrativa no es marginal: el propio presidente y figuras como Agustín Laje participan activamente en su amplificación, instalando que el feminismo es la causa del malestar masculino, cuando el informe muestra lo contrario: la crisis del proveedor es una crisis del modelo económico, no de los feminismos.
Sin embargo, los datos también muestran que la mayoría de los encuestados, de una u otra manera, rechaza o no se siente identificado con este tipo de discursos. Casi el 35% los percibe como peligrosos, y el 17,8% los ve como preocupantes. También generan pena (16,8%) o molestia (7,9%). En paralelo, un sector los toma en broma (13,8%), lo que puede expresar un rechazo irónico, pero también una minimización de su alcance.
A pesar del avance de discursos misóginos, el informe muestra que la relación entre hombres y feminismos está abierta. 6 de cada 10 hombres afirma que el feminismo le puede mejorar la vida, y sólo el 13% lo rechaza contundentemente. Se trata de una disposición a considerar que una sociedad más igualitaria podría traerles beneficios concretos como menor exigencia de autosuficiencia, más espacio para la vulnerabilidad, vínculos más horizontales, mayor legitimidad para cuidar, ser cuidados y compartir responsabilidades.
En un contexto donde la derecha intenta monopolizar el sentido de la masculinidad, este dato es crucial. Habla de una puerta abierta, lo que implica un terreno fértil para construir otra narrativa posible. La pregunta, entonces, sobre quiénes disputarán el sentido de la masculinidad en tiempos de precarización y ajuste es clave.Porque si la única oferta identitaria disponible para los varones es la que refuerza desigualdades y violencias, la salida será más reaccionaria y más autoritaria.
Si esta disputa la damos en alianza hombres junto con feminismos, la crisis del proveedor puede ser también una oportunidad de transformación. Una oportunidad para reconstruir vínculos más equitativos, distribuir de manera justa los cuidados, ampliar derechos y generar horizontes donde la vida sea sostenible y digna para todas, todos y todes.
La nota es parte de la alianza entre Tiempo Argentino y Ecofeminita, una organización aliada que trabaja para visibilizar la desigualdad de género a través de la elaboración de contenidos claros y de calidad.


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